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Crisis: 4

"Recordando el pasado"
James Lebau
Doctor James Lebau, Diplomático economista (Hugo)


    Los eventos aquí relatados están situados en febrero del dos mil uno.
Era invierno, la noche cerrada, un frio viento del norte helaba las gargantas de quien lo respiraba. Los pocos locos que salían a la calle a esas horas de la madrugada sin una botella envuelta en una bolsa de papel, envolvían sus propios cuerpos en quilos de ropa. James era uno de esos locos... de los dos tipos.

Llegó a su casa a duras penas, tardó casi cinco minutos en encontrar el bolsillo donde tenía las llaves, otros dos en poder sacarlas del bolsillo y casi diez en atinar a abrir la puerta. Realmente la noche salía como él quería, sin enterarse de nada sumido en un mar de alcohol. Subió por las escaleras. La razón de subir andando a un septimo en vez de utilizar el ascensor, ni él mismo la sabía, pero por qué plantearselo, seguramente sería cosa del señor y la señora vodka que recorrían alegres sus venas.

Por fin llegó a la puerta de su casa. De nuevo, tras otro espectáculo circense de malabarismos con las llaves consiguió entrar, intentando no hacer ruido para no llamar la atención de los vecinos. En una puerta continua un ojo desapareció de la mirilla mientras comentaba -...pobre hombre, cada año le pasa lo mismo...-

Al entrar en la casa todo cambio. James cerró la puerta y dejó la botella en el recibidor. Se maldijo por no haberse emborrachado lo suficiente, como cada año, al entrar en su casa en aquella fecha, su embriaguez desaparecía. El olor de la casa, las fotos, los muebles, cada rincón y objeto, por ínfimo que fuera, le recordaban a ella.

Fue al estudio sin dar un sólo tumbo, con la cabeza despejada. Allí se dejó caer literalmente sobre su butaca. Habiendo sido previsor había dejado una botella de alcohol y un vaso a mano la noche anterior. También, sabiendo que lo buscaría igualmente, sobre una pequeña mesita había una grabadora de voz.

La encendió.

En los primeros segundos se pudo oir el ruido de estática, James aprovechó para abrir la botella, dejar el vaso a un lado y dar un largo trago a morro. La estática desapareció y fue substituida por una voz femenina que resonó en la habitación, a James se le formó un nudo en la garganta.

"Trece de febrero de mil novecientos noventa. Soy Eleanor Smith realizando una entrevista al doctor James Lebau. ¿Lo he pronunciado bien?"

"Perfectamente."

"Gracias" A pesar de la seriedad de la entrevista, la periodista parecía algo nerviosa y novata, dándole un toque de complicidad y pareciendo más una conversación de amigos que otra cosa. "Doctor..."

"Llamemé James. Nada de usted por favor."

"Muy bien... James" Una leve pausa "Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre su libro *Economía alternativa. Otra manera de ver el mundo es posible.*, el cual a pesar de llevar escaso tiempo en el mercado esta recibiendo bastante buena acogida en los circulos especializados."

"Adelante, responderé todo lo que me pregunte."

"Vale, veamos... en el capítulo relacionado con..." la entrevista se extendía durante más de una hora, en la cual las preguntas fueron de lo más variopintas. Según avanzaba la entrevista los dialogos se hacían más distendidos y jocosos, al final era de todo menos una entrevista.

"Y qué me dice de la charla del doctor Shölern en la convención de este año. ¿Acudió?" preguntó James.

"Sí, estuve como enviada de la revista a toda la convención, al acabar en mi cabeza la único que podía ver eran gráficos numéricos."

"Jajajajaja. Yo tuve la suerte de ir sólamente a lo que me interesaba." la tónica de la charla continuaba durante media hora más después de la hora de entrevista, para finalizar de manera abrupta.

"Oiga... mmm, se que le sonará un poco extraño ya que nos acabamos de conocer... pero... ¿le gustaría cenar conmigo mañana?" la voz de James era nerviosa y ansiosa por una contestación.

"Estaría encantada. Si quiere le recojo. Ya se donde trabaja." respondió Eleanor.

"Jajajaja. Es cierto, no tengo escapatoria."

"Joder. La cinta sigue grabado."

"¿Lo ha grabado todo?"

"Mier..."

Así acababa la grabación. Todo un recuerdo de la primera vez que se vieron Eleanor y James y una constatación de como quedaron para su primera cita. James se había acabado prácticamente la botella que tenía en la mano, se sentía realmente mal. No sabía por qué, si por el alcohol o los recuerdos. Esa noche, como cada año, celebraba, si es que se podía llamar así, la muerte de su esposa y también de su hijo. Hacía once años que su hijo James murió al mismo momento de nacer, su madre pereció con él en el parto.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, la angustia le recorrió su cuerpo. Deprisa y corriendo se dirigió al lavabo a lanzar todo lo que se había tomado y a llorar en silencio lo que había perdido. A la mañana siguiente aún estaría en el baño, deseando que todo hubiera sido distinto.


"Página en blanco"
Paul Mallory
Dr. Paul Mallory Rush, Profesor de Historia.(Pablo)


Sin tiempo para respirar Paul había sido conducido a su pequeña oficina cargado con sus bártulos. El recibimiento no había sido como lo esperaba y recordaba. En su breve paseo hasta sus dependencias, Paul había comprobado con intriga como la base parecía encontrarse en movimiento activando así una curiosidad inusitada y acrecentando la sensación de haber entrado de golpe en una especie de torbellino controlado y aparentemente carente de emociones.

Cuando el marine que le acompañaba le invitó a entrar en el despacho y cerró la puerta, Paul sintió una calma que se tradujo en un resoplido. Tras posar una gran bolsa que llevaba en su mano derecha avanzó unos pasos hasta encontrarse justo delante de una mesa vacía que a él le tocaría llenar. Miró a su izquierda y pudo ver un armario modular compuesto por una serie de estanterías vacías, un pequeño fregadero y una repisa donde una cafetera vacía parecía reclamar a gritos que alguien le hiciera sentirse útil. Por encima y por debajo dos alacenas cerradas completaban el mobiliario.

La sobriedad de la estancia le provocó un profundo aburrimiento. "Habrá que darle algo de vida a esto" pensó. Como un resorte reaccionó depositando sobre la mesa la mochila que llevaba a la espalda y la carpeta que le había sido entregada nada más llegar con la única instrucción de revisarla lo antes posible.

Pero para Paul lo primero era lo primero... y lo primero no era ni más ni menos que hacer de aquel minimalista entorno un espacio algo más humanizado y habitable, al menos si ahí debía desempeñar su función. Y se puso manos a la obra. Abrió la mochila en la que llevaba algunas fotos y otras cosas que solían acompañarle en sus viajes de trabajo tuvieran la duración que tuvieran.

La sensación de empezar nuevamente de cero no era precisamente novedosa... de hecho parecía que su vida fuera como la de un disco duro que hubiera sido borrado y reiniciado ya varias veces. Sin embargo, a diferencia de los discos duros, los seres humanos podían seguir recordando tiempos pasados y Paul no era ninguna excepción.

Poco a poco fue sacando las fotografias, la primera de ellas, como no podía ser de otra forma llevaba consigo una imagen de toda su familia, incluido el mismo Paul durante una reunión familiar celebrada con motivo del cumpleaños del paterfamilias. Allí estaban sonrientes los padres de Paul, sus dos hermanos, Amanda y William, la mujer de éste, Joan, con la pequeña Amber en brazos y el propio Paul en el jardín de la casa que la familia tenía en Fort Lauderdale durante un día soleado de mayo.

Una sonrisa afloró en su rostro. No es que los últimos tiempos hubieran sido precisamente fáciles en el entorno familiar pues la relación entre los hermanos no atravesaba su mejor momento pero a pesar de todo aquella imagen reflejaba la felicidad de todos los miembros de aquella familia por poder estar juntos en un acontecimiento tan importante.

Tras colocarlo en un tablón de corcho colgado en la pared justo detrás del escritorio dirigió la mirada hacia la siguiente en el que tres personas riendo a carcajada limpia habían sido "capturadas" en una pose divertida justo en medio de Trafalgar Square rodeados de palomas. La foto había sido tomada en el mes de julio de aquel mismo año cuando Paul aprovechó las vacaciones para viajar a Londres a visitar a sus viejos amigos Brian y Natalia con quienes años atrás había compartido unos meses inolvidables en las profundidades de la selva paraguaya.

Paul no pudo por menos que sentir una sana envidia por sus dos amigos que ahora residían casados y felices en un precioso apartamento del Soho londinense cerca de la Universidad en la que juntos trabajaban. Aquel fue un mes estupendo, pensó. Lástima que la lluvia tuviera que hacer de las suyas.

Había otras fotos que completaban el lote y que poco a poco ocuparon sus lugares en el tablón pero ninguna de ellas le traía malos recuerdos, bueno... no exactamente ninguna. La última foto que Paul tuvo entre sus manos le devolvió un rictus de seriedad e incluso cierta angustia al rememorar los acontecimientos que se escondían detrás de aquella imagen. No sabía muy bien por qué la llevaba consigo pero el caso es que ahí estaba. En la imagen aparecía Paul de pie con unas carpetas bajo el brazo ante la entrada del museo nacional de Historia de Tokyo al que durante una semana estuvo acudiendo para dar unas conferencias acerca de las culturas mesoamericanas en la época precolombina. La imagen en sí no destilaba ninguna sensación pero lo que había detrás de ella era profundamente angustioso. Había sido tomada recientemente... tan sólo tenía unas horas como quien dice... Concretamente el 11 de septiembre.

Aquella mañana Paul llevaba a sus espaldas una carga demasiado pesada para un hombre, la carga de la incertidumbre. La noche anterior había recibido una llamada en su hotel. Era su hermana, Amanda. Paul aún no sabía nada de lo sucedido y fue su hermana quien tras rogarle encarecidamente que encendiera una televisión le dio la horrible noticia. En aquella fotografía Paul no sólo llevaba a cuestas el dolor por sus compatriotas caídos en aquel infierno de acero y cristal, además, llevaba a cuestas una tremenda duda que ahogaba su corazón y su mente en una profunda oscuridad y confusión. Amanda no sólo le había hecho conocedor de los trágicos acontecimientos sino que además le había dado la noticia de que Sarah estaba en Nueva York por esos días asistiendo a un congreso de abogados penalistas y no había sido capaz de contactar con ella. Aunque no lo reflejara, aquella fotografía contenía todos aquellos macabros ingredientes.

Afortunadamente justo antes de incorporarse a la base militar, Paul recibió una nueva llamada de su hermana confirmándole que Sarah se encontraba bien y que afortunadamente todo se había quedado en un susto para ella. Y un tremendo alivio para Paul.

Lanzando un suspiro al aire situó la última foto en una de las esquinas del marco de madera barata que rodeaba el tablón y luego prosiguió con los libros a los que ya no prestó tanta atención porque sabía perfectamente que tendrían más tarde o más temprano su momento de gloria. Unos compactos y otros pequeños objetos decorativos además de su inseparable portátil completaron la labor. Una vez que todo parecía en su sitio Paul retrocedió unos pasos y se quedó quieto tratando de obtener una visión de conjunto de la sala.

"Mucho mejor" pensó.

Su siguiente paso fue poner en marcha la cafetera...tenía la ligera sospecha de que el café acabaría siendo compañero fatigas durante su estancia allí enfrascado en libros, investigaciones, lecturas y demás. Poco a poco la estancia comenzó a registrar un olor cada vez más intenso a café y aquello pareció transformar definitivamente el ambiente. No es que fuera su apartamento de Houston o la casa de sus padres de Florida pero hasta donde el tamaño de sus enseres se lo permitía el resultado no era en absoluto decepcionante.

Mientras la cafetera hacía su trabajo Paul se sentó y encendió el flexo que había sobre su mesa. Sus ojos reaccionaron levemente ante la repentina irrupción de la nueva fuente de luz. Tomó un lapiz y comenzó a jugar con él mientras abría la carpeta que los miembros de la base le habían proporcionado. Había varias fotos, así como una especie de informe que Paul comenzó a leer con detenimiento siendo consciente de que aquellas eran las primeras palabras que llenaban una nueva página en blanco de su vida.


"Frente a la playa"
Paul Mallory
Dr. Paul Mallory Rush, profesor de Historia. (Pablo)


[Fort Lauderdale. Marzo de 1992.]

Cuando el motor de su Ford cayó en el silencio, sus ojos se orientaron hacia el paseo de la playa. Allí entre paseantes y turistas y bajo un cielo azul, pulcro como un diamante, una figura esbelta de cabello rubio permanecía de pie apoyada en la balaustrada de espaldas a la calle mirando al mar.

Paul ya había identificado aquel cuerpo, aquel pelo, aquella espalda. Eran tan claros y diáfanos para él como el mapa de un paraíso en el que ansiaba perderse cada vez que tenía ocasión.

Salió del coche despacio llevando consigo un pequeño paquetito envuelto en papel granate metálizado y con un lazo en un rojo más intenso que lo rodeaba. El paquetito era alargado no demasiado voluminoso lo que facilitó su labor de ocultarlo en el interior de su chaqueta.

Mirando a ambos lados de la calle y ante la ausencia momentánea de vehículos circulantes inició el camino para cruzar teniendo siempre frente a sí aquella figura que le daba la espalda. Era tal y como él lo había deseado. La ocasión propicia para la sorpresa. El momento perfecto.

Paso a paso podía sentir cada vez más cercana su belleza. Su blusa blanca y sus pantalones marrones de pernera ancha bajo los cuales apenas si podía percibirse el tacón de unos zapatos de color blanco a juego con la blusa tímidamente transparente. Y todo ello coronado con una cabellera rubia, media melena, clara como aquel día. Estaba sencillamente hermosa.

Apenas dos pasos la separaban de ella, que no se había percatado en absoluto de su presencia en medio del bullicio de la calle y el sonido del mar como fondo actuando como cómplices en la mascarada. Pudo sentir perfectamente su aroma. Desde aquella tarde en la que Paul le regaló 'vocalise' de Shiseido, una marca de perfumes que siempre le había llamado la atención, Sarah no había dejado de usarlo. Era parte de sus señas de identidad... como si de un tributo hacia su amor se tratara.

Ya estaba justo a su espalda. Por un momento se sintió dueño de su destino casi con una sensación juguetonamente perversa de saber que él sería el que dictara el siguiente paso en la vida de Sarah.

Inclinó su cabeza con cuidado para no rozar ni uno solo de sus cabellos y con sus manos tapó los ojos de su amada. Acercando la boca a su oido le susurró dulcemente.

- Solón de Atenas dijo una vez: Los dioses sólo han hecho dos cosas perfectas, las mujeres y las rosas... - hizo una brevísima pausa y continuó - ...francamente el jardín botánico me quedaba muy lejos-.

Sarah elevó sus manos hasta unirlas a las de Paul y rió de una manera delicada dejando que su cuerpo se apoyara en el de él.

A los dos les gustaba citarse siempre en el paseo marítimo...junto al mar. Sentían que no podía haber lugar mejor que la vera del mar para mirarse a los ojos nuevamente. Era su rincón...cualquiera que estuviera junto al mar. Aquel instante era como casi todos en los que Paul y Sarah se encontraban, todo a su alrededor parecía esfumarse para no existir nada más que uno y otro juntos.

Lentamente Paul bajó sus manos sin separarlas de las de Sarah hasta posarlas suavemente sobre su abdomen abrazándola con cuidado como si tuviera una figura de cristal entre sus manos y temiera romperla. Sus labios buscaron el cuello de ella y tras un leve beso que le hizo sentirse vivo le preguntó.

- ¿Cómo estás mi reina? -

Sarah tenía ahora los ojos cerrados sintiendo el tacto de la boca de Paul como una vibración intensa que recorría su cuerpo. Se mordió el labió inferior sonriendo y le contestó.

- Echándote de menos, mi rey. Hasta el mar se ve apagado si no estás. -

- Es extraño, juraría que ayer por la noche cambié las baterías de este condenado océano - replicó Paul con un tono manifiestamente juguetón.

En ese instante Sarah se volvió y situándose frente a Paul puso sus manos en la espalda de éste. Le sonrió con dulzura y ambos sellaron la bienvenida con un romántico y prolongado beso que para Paul resultó un viaje a su paraíso particular...la boca de Sarah.

Tras el beso, el rostro de Sarah quedó unido sutilmente y por unos instantes al de Paul por un leve roce de sus mejillas. Sin dejar de permanecer abrazados se miraron sonriendo. Y Sarah le dijo con tono de reproche casi infantil.

- Has tardado... -

Por un momento Paul encogió sus labios y miró al suelo para acto seguido volver a los ojos de Sarah.

- Lo siento...soy culpable. Lo he hecho a propósito. Quería encontrarte ansiosa, no lo puedo evitar. Me gusta tenerte así. -

Sarah le miraba fijamente sin poner freno a sus sensaciones al oir la voz de Paul que seguía estremeciéndola y más aún cuando limitaba su tono para ponerse meloso.

- Pues se te da muy bien - le respondió con la complicidad de un tono insinuante.

Un nuevo beso y los ojos cerrados a las sensaciones de aquel contacto sincero crearon un nuevo interludio de eternidad en el que la pasión y el deber de no resistir ante el avance del corazón se convirtieron en los motores de las manos de Paul que estrecharon con más firmeza el cuerpo de Sarah plenamente dispuesta a corresponder.

Durante segundos sin fin no existió en aquel paseo nada más que un beso. Incluso Paul tenía la sensación cuando besaba a Sarah de dejar de ser consciente de su propia existencia para entender sólo la vida en el contacto con aquellos labios refinados y sugerentes y ante cuya insinuación había aprendido a sucumbir sin concesiones.

Tras el beso, pausado, lento, sentido...Paul mesó el cabello de Sarah levemente asomado a su rostro.

- ¿Dónde quieres que vayamos? -

Sarah le miraba como embelesada y las palabras fluían de su interior casí por inercia porque apenas si podía organizar las frases en su mente antes de pronunciarlas.

- A ningún lado. Ya estoy donde quiero estar. Junto a ti. -

Paul se había convertido tras conocer a Sarah en un detallista impenitente entre otras muchas cosas y en aquel día tan especial habría sido un sacrilegio actuar de otra forma. Todo el tiempo del mundo para permanecer abrazados junto a su mar, el presente que seguía agazapado en su chaqueta, y después de llegar a Miami una romántica cena en el lujoso 'Blue Door' situado en la Avenida Collins, en South Beach en medio del art decó con el que se fundirían avanzada la noche bailando sin parar en el Cameo Theatre de la Avenida Washington en la que unos compañeros de universidad amigos de Paul tocaban con su banda y con los que Paul había apalabrado una pieza *especial* dedicada sólo a ellos dos. A Paul le gustaba sorprender de esa manera a Sarah. Siempre los detalles.

La mirada de Paul se había entornado de manera grotesca y su voz sonó cómica intentando emular a un ancianito de avanzada edad.

- Cariño. ¿Cuántos años han pasado ya? -

Sarah se rió. Uno de sus juegos favoritos era imitar a una parejita de ancianos que llevaran toda una vida juntos. Era como si todo el romanticismo previo hubiera tocado a su fin. Nada más lejos de la realidad.

- Ya son tres mi vida - respondió ella cambiando el tono de su voz y aparentando simular achaques de espalda.

Paul sonreía abiertamente ante la singular pose de Sarah y la forma en que ésta le seguía siempre la corriente cuando se trataba de bromear. A los dos les gustaba mucho. Habían descubierto que llevaban dentro dos niños irredentos que conectaban a la perfección.

Paul llevó su mirada hacia el mar y tras un preciso instante en que veía las espumas que las olas depositaban sobre la arena le dijo mientras sacaba el regalo del bolsillo interior de su chaqueta.

- Llevo tres años esperando poder entregarte esto -

En los años que llevaban juntos, siempre que llegaba el día de su aniversario Paul repetía la misma frase antes de entregarle el regalo pero cambiando el numero que acompañaba al año.

Los ojos de Sarah cambiaron entonces su expresión. Como si de una leve decepción se tratara con una simple palabra pareció recriminarle su conducta cariñosamente.

- Paul... -

- Lo sé cielo...pero ya me conoces... - respondió Paul leyendo perfectamente los ojos de Sarah.

Ambos se habían prometido que el mejor regalo para su aniversario sería estar juntos, sin objetos de por medio, pero Paul sencillamente no podía evitarlo...y durante aquellos años posteriores al acuerdo irremisiblemente caía en la tentación de romperlo.

Sarah tomó el paquete en sus manos y lo miró con una sonrisa tímida y ojillos tiernos. Avanzó unos pasos hasta situarse delante de Paul y le espetó.

- Desgraciado...¿qué voy a hacer contigo? -

Paul la agarró despacio por la cintura y la miró con ojos sinceros y bien abiertos. Tenía la respuesta perfecta y mentalmente vaciló unos instantes para repetir la frase en su cabeza hasta encontrar el tono adecuado. Acarició su rostro con su mano derecha y le respondió.

- Permitirme seguir mirando al futuro a través de tus ojos... -

Sarah cerró sus ojos y fue acercando despacio su boca a la de Paul hasta que los dos quedaron nuevamente unidos por un beso igual que dos amantes que quedan sumidos en un sueño del que ninguno quisiera despertar nunca más.


"La segunda impresión es la que cuenta"
Dara Santer Ana Reyes
Dra. Dara Santer, asirióloga (Marta)
Ana Reyes, estudiante (Ana)


(Universidad de Sorbona, París, Francia, 1996)

Dara apartó la vista del ordenador para volverse hacia Luc con una mirada que indicaba claramente su enfado. La semana anterior su colega no había podido impartir parte de un seminario sobre Egiptología y le había pedido que acudiera ella a dar las clases. Pese a que no era su especialidad, Dara había accedido a ayudarlo.

- Si crees que voy a acceder a esa tutoría, es que eres tonto o sordo. ¿No escuchaste lo que te dije el jueves? Esa chica me volvió loca.- Por no decir que le había reventado la clase. Era una alumna de segundo curso, que creía saber más que el mismísimo Howard Cartes y Lord Carnavon juntos y había querido demostrarlo con toda clase de detalladas preguntas.

- ¿No crees que estás exagerando? Los americanos a veces, sois muy poco tolerantes.- dijo Luc, con ese tono cálido que lo caracterizaba pero que en ese momento, sacó de quicio a Dara.

- ¿Poco tolerantes? No pensabais eso cuando os rescatamos de los malditos nazis.- farfulló Dara, herida más por el tono condescendiente de las palabras de su compañero que por el ataque a su americanismo.

Luc se acercó con su mejor sonrisa, sabiendo que eso molestaría más a Dara e, inclinándose sobre ella, le dio unos golpecitos con el índice en la nariz. - Quizás algún día os arrepintáis de habernos salvado... mientras tanto, recuerda que tienes tutoría dentro de cinco minutos.

Dara resopló sabiendo que no había nada que pudiera hacer, vio como Luc tomaba su maleta y salía raudo del despacho.

-¡¡Cobarde!!- gritó consciente de que no conseguiría que volviera.

A los cinco minutos exactos llamaron a la puerta.

-Entre- dijo, arrepintiéndose antes de haber pronunciado la segunda sílaba.

Ana al escuchar una voz de mujer se sorprendió, entró en el despacho sin hacer apenas ruido y se puso de frente a su interlocutora, la conocía, había estado dándoles clase de egiptología, una gran clase, pensó Ana, habían conseguido sacar mucho *jugo* con los argumentos expuestos.

-Disculpe, tengo tutoría ahora....

- ¿Sí?- preguntó Dara, no sin cierto cinismo. No sabía con quién estaba más enfadada, con Luc por haberla dejado sola, con esa chica, por haber venido a incordiarle o con ella misma, por sentirse tan insegura. - No creo recordar que tuviera ninguna... -Se arrepintió en el mismo momento de haber sido tan dura, especialmente sabiendo que Luc, ese canalla, le había pedido que la atendiera, pero se mantuvo en sus trece.

Ana se puso tensa, la situación la incomodaba - Me dijeron que me presentase aquí, si no esta informada mejor lo dejamos para otro momento - le dijo, optando por dirigirse a la puerta, pensando en volver a administración y pedir otra cita.

Dara vio la reacción de la chica, y en cierta forma le agradó lo orgulloso de la misma. Dejó su malhumor a un lado y rebajando el tono se dirigió a ella. - No creo que sea necesario, una vez que has llegado hasta aquí... ¿Ana, verdad? Estuviste en el seminario de la semana pasada, si no recuerdo mal...

- Si...- contestó Ana, más tranquila con la actitud que había tomado la doctora. Tomó asiento frente a ella. - Me gustó su parte del seminario. - sus palabras demostraban sinceridad.

Dara relajó algo más el su actitud. Así que le había gustado el seminario. Era mejor actriz de lo que había supuesto, si no había captado que durante toda su batería de preguntas había estado a punto de acabar con su paciencia.

- Muchas gracias. Es siempre agradable que a uno se lo digan.- sonrió por primera vez.- Lo cierto es que fue un tanto precipitado. Se suponía que esa parte iba a ser impartido por el Dr. Luc Resnais... pero.... contratiempos...- e hizo un gesto con las manos.- en este mundo también hay que saber un poco de todo...

Ana asintió, le había gustado la clase por las respuestas que había dado la Dra. Santer a sus preguntas, relacionando la egiptología tambien con otras culturas, y en parte eso era lo que le había llevado a solicitar esa tutoria, pretendía cambiar el estudio que estaba realizando.

- He estado pensando en cambiar mi estudio - dijo sin más preámbulos - quisiera hacer un estudio sobre la religión egipcia, analizando su relación con las otras culturas del medio oriente, el cómo dentro de un mismo periodo socio-cultural los diferentes dioses se interelacionaban entre sí.

Dara sonrió ahora ampliamente. Esa chica incordiante había empezado a tocar su fibra sensible. Quizás se había equivocado al juzgarla tan precipitadamente, y en cualquier caso, demostraba que había escuchado mucho más que otros sus explicaciones en el seminario.

-Imagino que hablas del trabajo que ha solicitado el Dr. Resnais.- sin esperar la respuesta de su interlocutora prosiguió.- Al final va a ser una suerte que él no se encuentre aquí y estés hablando conmigo. Creo que puedo ayudarte, y si me permites ver lo que tienes hasta ahora podría orientarte mejor.

Ana puso la carpeta encima de la mesa, sus ojos brillaban mientras mostraba a la Doctora los datos preliminares de lo que se prometía iba a ser un trabajo tremendamente intesante, al que se entregaría totalmente.

Dara echó un rápido vistazo a lo que le mostraba Ana. Las notas, las fuentes, los epígrafes que quería tratar. El planteamiento era digno de un alumno de último año. Miró a la joven, olvidando por completo todo lo que había pensado de ella con anterioridad. Empezaba a vislumbrar ahora lo que podría llegar a ser.

-Esto es muy interesante, ¿sabes? Me encantará ayudarte en lo que pueda.

Ana se quedó mirando a la doctora extrañada pero contenta, que la doctora le ofreciera su ayuda era lo último que hubiera esperado.- Gracias, Doctora. - Y a costa de quedar como una sabionda, ya que no debería haber comenzado sin tener la aceptación de su estudio, añadió - He comenzado la investigación relacionandola con la cultura mesopotámica, he encontrado datos muy interesantes... ¿quiere verlos?

Dara fijó su mirada en la de la joven. No se había equivocado en su análisis anterior.

-Caramba. Si en todo eres así, acabarás la tesis antes de empezar tu último año.- lo dijo sin malicia, tal y como lo sentía.- Me encantará ver esos datos... y por cierto, no me llames Doctora.... demasiado formal. Mi nombre es Dara.

-Bien....Doc...Dara- Ana se relajó y ronrió a la doctora - ¿le traigo los datos? - Mientras lo decía se dirigía hacia la puerta, entonces se le ocurrió y se giró - ¿y café?

- ¡Americano!

Ana asintió antes de salir alegremente del despacho.


"Como si no hubiera pasado el tiempo"
Dara Santer
Dra. Dara Santer, Asirióloga (Marta)


    Este posteo está situado en la Ciudad de Nueva York, en septiembre de 1999.
Parecían dos adolescentes compartiendo secretos y risas, aunque ambas iban camino de la treintena. Cogidas del brazo y cuchicheando continuaron su camino hasta llegar al portal de la oficina de Sally.

- Sube un momento. Así te puedo presentar a Derek. No estaba cuando llegaste.

Dara consultó su reloj, más por inquietar a su amiga que por recordar la hora que era. No llegaba tarde a ningún sitio. Desde su regreso, había apenas una semana, su única preocupación había sido encontrar apartamento, y lo había conseguido el día anterior, aunque no lo dejarían libre hasta finales de mes.

- Vamos, Sally, acabo de llegar... ni siquiera sé dónde tengo....

- ¡No hay excusas!- la interrumpió Sally. Después, empujándola por el brazo para que no se escapara, la arrastró al interior del edificio.

Ambas rieron. Dara estaba encantada de haber quedado con Sally para comer. Era a la única persona a la que había visto desde su llegada. No había tenido demasiado tiempo, eso también era cierto, y además dar explicaciones era tan complicado... que si había dejado Tel Aviv, que si por fin sentaría la cabeza, que si a ver si dejaba de dar vueltas por el mundo...

Salieron del ascensor en la planta 5ª. Sally trabajaba en el gabinete de prensa de una importante consultoría técnica. Bueno, en realidad ella era el gabinete de prensa. Su amiga la guió entre las mesas hacia su despacho.

- Espera un segundo aquí. Voy a ver si veo a... ¡oh, vaya!

A Dara, que en ese momento estaba buscando un caramelo en su bolso ese "¡oh, vaya!" no le gustó nada. Una intuición y un fuerte sentimiento de autodefensa la hicieron seguir buscando el caramelo y no levantar la vista.

- Pero... ¿qué haces aquí?- escuchó decir a Sally - Dijiste que vendrías el martes.

- En realidad, te dije el lunes o el martes. ¿Porqué tienes la costumbre de recordar sólo lo que te conviene?- contestó una voz varonil, risueña. Una voz que, donde quiera que la oyese, hacía que a Dara le diera un vuelco el corazón. Levantó la vista para enfrentarse al hombre, que sólo en ese momento fue consciente de su presencia.

- ¡Dara! - el hombre la miró un tanto perplejo, pero sin asomo de hostilidad; sonrió levemente.- ¿De visita?

- Eh.. ¿cómo? Estooo... no. No... ¿no te ha dicho nada Sally?- dijo, girándose hacia su amiga.- ¿No? Pues no... ya veo... Pues nada, que vengo a vivir a Nueva York. Me han ofrecido un puesto de profesora adjunta en Columbia y, claro, lo he aceptado.- consiguió terminar con bastante más seguridad.

- Claro...- ¿Imaginaciones de Dara o su tono tenía un cierto tono sarcástico?- Me alegro por ti Dara, es una gran oportunidad... Imagino- apuntilló, y antes de que Dara pudiera fulminarlo con la mirada, Sally intervino.

- No te había dicho nada porque pensaba comentártelo mañana, cuando deberías haber venido, Eric. El martes. Lo recuerdo perfectamente.- Habló con seguridad, pero los tres sabían que mentía. Sally tenía muchas virtudes, pero entre ellas no estaba la organización, algo sorprendente teniendo en cuenta cuál era su trabajo.

- Bueno, será mejor que me vaya. Así Eric y tú podréis hablar de lo que fuera que tenéis que hablar.- Dara se acercó a su amiga para darle un beso en la mejilla. - Te llamo como habíamos quedado, ¿vale? - volviéndose a Eric, dudó en dar un paso hacia él, pero al final cedió.- Eric. Me alegro de verte. Ya hablaremos un día de estos...- y dejándose llevar al encontrarse tan cerca de él, apoyó una mano sobre su hombro para alzarse de puntillas y besar su mejilla. Fue casi un acto reflejo, y Eric no se apartó, apoyando una mano en su cintura.

- Pues no va a poder ser. Eric, ahora no podemos acercarnos a Jules, como quedamos. Tendrás que volver mañana... y de paso acompañar un rato a Dara.- Sally los miró con su mejor sonrisa. Cualquiera diría que era sincera y que no les estaba metiendo en una encerrona. Eric se limitó a sacudir ligeramente la cabeza. No había discusión posible.

- Mañana, martes, vengo a la una.- dijo a modo de despedida. Sally sacó la lengua como toda respuesta dando media vuelta y entrando en su pequeño despacho. Dara sabía que en cuanto cerrara la puerta se carcajearía. Estaba convencida de que el pánico se comenzaba a reflejar en su rostro.

- ¿Vamos?- le dijo Eric señalando el camino hacia la puerta.

- Será mejor, o vendrá algún profe a reñirnos.- No se sentía con ánimos para bromas, pero pensó que si decía algo medianamente ingenioso podría soportar mejor la situación. Estaba equivocada. Y enfadada. Enfadada con Eric porque había aparecido, así, sin avisar, y porque no parecía en absoluto afectado por su presencia. Pero estaba especialmente enfadada con ella, porque la sola presencia de Eric la hacía perder la serenidad, porque tenía el poder de hacer que el mundo se volviera del revés sólo con mirarla, y porque ella no podía controlarlo, porque no importaba el tiempo que hubiera pasado, cada vez que él pronunciaba su nombre sentía un hormigueo en el estómago. Odiaba el poder que ejercía sobre ella. Y odiaba más reconocer que era así.

- Así que en Columbia de nuevo.- era Eric quien había roto el silencio después de su estúpido chiste.- ¿Cuánto tiempo crees que aguantarás esta vez?

Esta vez, Dara lo fulminó con la mirada. Y le daba lo mismo que tuviera toda la razón en lanzarle ese dardo envenenado. Hacía mucho tiempo que ambos habían dejado de contar las veces que ella lo había defraudado aceptando trabajos y proyectos en lugares lejanos, sin contar con su opinión. Por muy enamorados que hubieran estado, a veces eso no era suficiente. Y Dara había hecho las maletas demasiadas veces.

- No lo sé. La idea es quedarme. La verdad es que estoy un poco cansada de hacer y deshacer maletas.- contestó secamente. No iba a discutir con su ex en el ascensor de un edificio de oficinas. Tenía más dignidad que todo eso. Por no hablar del nudo que sentía en la boca del estómago. Si hablaba más, corría el riesgo de romper a llorar.

- Todo un cambio, ¿no?

- Los cambios son buenos.

- ¿Sí?- la pregunta quedó en el aire mientras salían del ascensor y se dirigían hacia la puerta de salida. La cruzaron en silencio hasta llegar a la calle. - ¿Quieres que te pida un taxi? Sabes que ahora trabajo a una manzana de aquí. Iré caminando...- Eric se estaba despidiendo claramente de ella.

- No es necesario. Tengo que hacer unas compras.- señaló en la dirección contraria a la oficina de Eric.- Ya voy por aquí. Nos vemos...

Eric le dedicó su mejor sonrisa antes de despedirse.- Sí, nos vemos. Tengo algo de prisa...- le rozó levemente el brazó a modo de despedida.- Dale un beso a tu madre de mi parte...

- Lo haré.

El hombre se giró para continuar su camino. Dara observaba su espalda mientras se alejaba, odiándole por haber aparecido y odiándose por no ser dueña de sí. Y no se movió de donde estaba. Le temblaban las piernas y tenía la sensación de que si se movía un solo centímetro se derrumbaría como un estúpido castillo de naipes.


"Cuando los ojos ven, el corazón siente"

Eric Winsthein, economista (PNJ - Marta)


    Este posteo está situado en la Ciudad de Nueva York, en septiembre de 1999.
Había tenido tiempo para reflexionar. Casi una semana. Había sido toda una sorpresa encontrarse con Dara cuando había ido a ver a su hermana. Y había estado tranquilo el breve tiempo que compartieron. Todo había ido bien, había hablado con ella, la había acompañado hasta la puerta, se habían despedido. Todo bien. Hasta que, camino de la oficina, se dio cuenta de que estaba repasando mentalmente todas y cada una de las palabras que habían intercambiado; todos los gestos; todas las miradas.

Fue entonces cuando le invadió el pánico. No tenía la menor intención de volver a pasar por aquello. No ahora que su vida parecía encauzada y que se creía preparado para dar un giro a su relación con Eve.

Llevándose las manos a la cabeza, Eric se echó hacia atrás en el sofá. Se masajeó las sienes, intentando sacarse a Dara de la cabeza. Era fácil cuando no vivía en el mismo continente, cuando no estaba cerca y sabía que no podía llamarla y verla en una hora. Era tan fácil olvidarla así. Pero el reecuentro... verla... había borrado de un plumazo y en menos tiempo del que hubiera deseado todos los malos recuerdos.

Casi sin pensarlo se encontró en la calle, poco antes de las diez de la mañana. El último sábado de verano prometía ser un día radiante.

Llegó a su destino en apenas media hora. Le parecía una locura lo que estaba haciendo. Hubiera sido mucho mejor haber levantado el teléfono y llamar a Dara para quedar, tomar algo tranquilamente y charlar. No, más que charlar, zanjar todo lo pendiente. En cambio, allí se encontraba, en el Metropolitan, buscando una aguja en un pajar.

Se cruzó con pocas personas, la mayoría de ellas turistas, con sus guías en la mano, que se paraban ante los cuadros algunos aparentando reconocer lo que tenían delante, otros con verdadera pasión. Al fondo, frente a un enorme lienzo que no podía distinguir, Eric pudo ver un enorme grupo de japoneses que asentían a cada explicación que recibían del guía de turno.

Deambuló durante casi una hora por el museo, hasta que finalmente llegó a su destino. En una pequeña sala que contenía unos pocos grabados de Durero la vio, sentada, con las piernas cruzadas sobre un banco, tomando apuntes. Eric se apoyó en el quicio de la puerta, observando sin ser observado. Conocía cada curva de su cara, cada remolino de su pelo, los movimientos nerviosos de sus manos que bailaban sobre el papel dejando trazos, creando formas.

Sabía que lo más cuerdo era marcharse. Llamarla otro día. Pero fueron su corazón loco, que latía descontroladamente, quien dirigió sus pasos hacia el banco.

- Bonito boceto.- dijo con su voz más firme. Se había acercado por la espalda de Dara para apoyar una rodilla en el banco. Ella reconoció su voz. Lo notó por cómo se tensó su cuerpo y en el modo en el que se erizó el vello de su nuca, aunque no se moviera un ápice. - Has mejorado.

Dara continuó quieta unos segundos más. Eric notó cómo respiraba hondo antes de girarse hacia él.

- ¿Desde cuándo eres crítico?- preguntó. Su voz sonaba seca y algo entrecortada. Mantuvo su mirada fija en él sólo unos segundos antes de volver al boceto. - En realidad no he terminado todavía.

- ¿Entonces no me acompañarás a tomar un café?- replicó Eric.- Y sobre lo de ser crítico... no he tenido mal maestro.

Dara volvió a levantar la vista del papel. Respiraba pesadamente, como si le costara. Esta vez mantuvo su mirada más tiempo para finalmente sonreir.

- ¿Prometes no reirte si te digo algo?

- Sabes que no.

- ¡¡Eric!! Esto es serio....

Él la miró divertido y sintió cómo se relajaba por primera vez en muchos días.- De acuerdo, no me reiré.

Dara dejó a un lado su libreta de notas, dejando su lápiz encima. - Me encantaría ir a tomar ese café, pero... ¿sabes? No sé si podré levantarme...mis piernas no responden muy bien últimamente ante encuentros intempestivos.- dio un largo suspiro mientras se llevaba la cabeza atrás negando y se cubría la cara con las manos.- Yo... ¿estás seguro?... yo... me moriría si...

Eric posó un dedo sobre los labios de Dara en señal de silencio. Había ganado, todavía no sabía qué, pero había ganado.

- No lo estoy... pero moriría si no...


"Odio racial"
Jonathan Holmes James Lebau
Doctor Jonathan Holmes, Asesor gubernamental (Jonathan)
Doctor James Lebau, Diplomático economista (Hugo)

    Los eventos aquí relatados están situados a mediados de mil novecientos noventa y dos.
Llevaban cuatro horas de viaje, un largo y pesado viaje. Las rutas estaban en general cortadas, habían tenido que dar tres veces marcha atrás para coger caminos alternativos, además de sobornar en varias ocasiones a grupos armados locales para que les permitieran pasar.

Por fin estaban llegadon a su destino, como enviado de la ONU James había visto muchas cosas en la zona de conflicto, en general no le había gustado ninguna, asesinatos, estorsiones, robos, había pocas zonas que no se vieran influenciadas por la inminente guerra abierta, guerra que en realidad había comenzado hacia tiempo, pero que no se había dado a conocer abiertamente. James ya había estado delante de dos enfrentamientos armados en la frontera entre Serbia y Bosnia, lugar al que ahora se dirigía.

En la distancia podía observar Drinjaca, el lugar al que se dirigían. Allí realizarían una reunión intentando hacer que los grupos armados de la zona permitieran pasar a un grupo de mujeres, niños y ancianos bosnios a un campamento de la ONU no muy lejano.

No pudieron entrar en el pueblo con el jeep, un camión los estaba esperando en la entrada, cinco hombres armados les apuntaban. James y Slavisha, su guía, bajarón del jeep y se acercaron lentamente. Los hombres les vendaron los ojos y los guiaron sin poder ver nada hasta una casa del lugar. Cuando la venda fue retirada una potente luz due directa a los ojos de James, cegado, tuvo que parpadear varias veces y dejar que varias lágrimas calleran para poder ver lo que tenía alrededor.

Estaban en lo que parecia la habitación de un piso superior, por la vista que había por la ventana. La habitación tenía simplemente una mesa con varias sillas y un armario, frente a James y Slavisha, había un hombre sentado, con una amplia cicatriz en la mejilla.

"Dobro jutro. Sta ima novo?" la voz y el tono del hombre eran totalmente sárcásticas.

"Dobro sam, a ti?" James no se aminaló y le respondió con el mismo todo de voz.

Slavisha miró a James. "Pazi..." no pudó seguir hablándole pues uno de los hombres le golpeó con la culata de su arma, después se dispuso a apuntarle con el cañón.

"¡Ne! ¡Ne! ¡Nemoj!" grito James, entonces el hombre de la cicatriz hizo un gesto y el cañón del arma dejó de apuntar a la cabeza del guía.

NRPG: La conversación continúa en Serbio, pongo la traducción ;P.

"Soy James Lebau enviado de la ONU, si..."

"Se quien es Sr.Lebau, sabiamos que venia desde hacía tiempo."

James parpadeo para no quedar cegado por la luz.

"Usted debe ser Nebojsha Trajkovic."

"El mismo."

"¿Y sabe la razón por la que estoy aquí?"

"Desde luego que lo sé. El grupo de cuarenta y tres rehenes que tenemos en el granero."

"Bueno, entonces por que no vamos al grano."

"Por que no hay grano señor Lebau, esta usted aquí, sin nadie que le ayude, a nuestra merced."

"Hay gente que sabe que he venido, no le aconsejo hacerme nada, se metería en un buen lio."

"Oh, de verdad, hay muchos bandidos por los caminos, quien dice que fui yo.".

Nebojsha se levantó y se acerco a James, se sentó en la mesa justo delante de él, sacó una pistola del bolsillo y le apunto a la cabeza.

"Digame, que evitaría que le dispara."

"No es usted tan estupido."

"Ciertamente. No, no lo soy."

"Digame qué es lo que quiere."

"Muy sencillo, un trato. Usted quiere al grupo de rehenes en territorio bosnio, yo quiero inmunidad."

"¿Inmunidad?" James no sabía a que se refería.

"Usted, buen amigo, será mi inmunidad. Drinjaca estará bajo mi poder, y usted se encargará de que las tropas enemigas no entren aquí."

"Vaya, me equivocaba, si que es usted estúpido."

Nebojsha se levantó de golpe y cogió a James, lo empotró contra la pared, luego colocó la pistola en el interior de su boca.

"Se lo diré muy claro, estoy siendo magnánimo, dejaré que se vayan los rehenes pero usted se quedará y si un solo soldado enemigo pisa esta ciudad le volaré los sesos, o eso, o le vuelo los sesos ahora mismo a usted y a toda esa gente del granero la quemo viva. Usted decide."

Nebojsha sacó poco a poco la pistola, James comenzó a toser compulsivamente.

"Esta bien, aunque le advierto que no conseguirá nada, antes o después caera."

"Eso ya lo veremos, en breve nuestro ejercito llegará aquí y ya no opinará igual."

La siguiente que sintió James fue un golpe en la cabeza y la creciente oscuridad.

"Ángel a Lobo, Halcón inicia vuelo"

Holmes siempre se preguntaba quien ponía esos nombres, había llegado a la conclusión de que se veían muchas películas en el ejercito. Pero esa no era su preocupación, llevaban ocho días siguiendo el convoy de armas químicas, que se habían detenido en Drinjaca a esperar, un par de días, era el momento justo para lanzar el ataque y capturar todo el cargamento. Pero la aparición del miembro de la ONU los había puesto nerviosos, vio como el jefe de los contrabandistas, ordenaba arrancar a los vehículos.

- Parece que ese conejito blanco ha precipitado las cosas, ...por que no podrá salir todo como uno lo planea, aunque sea sólo por una vez-. Cogió la radio, y respondió al centro de satélites que coordinaba la operación "Lobo a Angel, que esperen la señal para entrar, tenemos más compañía". No esperó la contestación, apagó y se dirigió al otro miembro del equipo, el gurka que lo acompañaba en todas las misiones "Tak, cúbreme". No tenía que decir más, confiaba en él y sabía que su espalda estaría a salvo.

Cuando vió que los que apresaron al grupo salian de la casa, bajó la pequeña colina y sorteando un par de guardias borrachos, entró en la donde los retenían.

Se encontró golpeado y atado a una silla, a una persona con el mono blanco de la ONU, no parecía estar en muy buenas condiciones, en el suelo al otro lado de la habitación, respiraba muy débilmente su acompañante.

Furia, desató al * conejito blanco * "Todavía no te has dado cuenta,...pero parece que el cielo no te quiere llamar, así que ha enviado a su ángel caído, para ver si querías un trago, ...espero que puedas caminar, por que tendremos que salir a buscarlo".

Lo ayudó a levantarse y le dio una de sus pistolas.

James se levantó como pudo, todo estaba nubloso. Miró a su alrededor y vió aquel hombre que le ayudaba y le entregaba un arma.

"¿Quién es usted? ¿Y qué se supone que quiere que haga con esto?" dijo señalando el arma.

James se despejó por completo y recordó todo lo ocurrido de golpe.

"¿Slavisha?" Buscó a su compañero con la mirada. "¿Donde está mi guía?"

Holmes se dirigió, hacia la puerta, " Niño, tengo que decidir, y tu por lo menos, puedes caminar. Si podemos volveremos a por el más tarde".

James caminó como pudo, quisó decir algo pero las fuerzas le abandonaban. Tenía la cara dolorida, y notaba las piernas hinchadas, le habían dado una buena paliza, aunque había estado en peores situaciones. Intentó insistir en su guía, pero a duras penas tenía fuerzas ni para mantenerse en pie.

"No lo podemos dejar ahí. Lo matarán."

Salieron de la Casa y se dirigieron lo más rápido posible hacia el bosque, más de una vez las piernas le fallaban a Lebeau, "No te duermas ahora, no creo que la dirección del Hotel vea con buenos ojos el que te vayas sin pagar la cuenta"

Casi apunto de traspasar los árboles, un sonido seco llegó a sus oídos, seguido de un par de gemidos, se giraron un poco y observaron dos hombres tumbados en el suelo. Furia no se extraño, su compañero Gurka, empleaba su fusil calibre 50 para cubrirlos, pero los habían descubierto, disparos, ordenes y ruido de motores, lo indicaban con claridad. James los observaba, esto no debería de haber salido así, en sus adentros hacía tiempo que estaba maldiciendo demasiadas cosas y a demasiada gente.

Llegaron a la altura del observatorio de Tak, Furia depositó a Lebeau en el suelo y miró el pueblo. La locura se había desatado, Nebojsha, se encontraba al borde de la histeria, daba ordenes, y disparaba a todos los rehenes. Sacaron al guía de la casa y lo ataron a un poste al borde del pueblo.

"No juega usted limpio señor Lebau, y eso me obliga a tomar decisiones que causaran dolor a la gente que quería proteger" . Dio un par de ordenes y rociaron a Slavisha, con gasolina, y sin esperar un segundo, le prendieron fuego.

James tendido en el suelo vió la escena, todavía no tenía fuerzas para caminar por si sólo, pero ya podía hablar y pensar con más o menos fluidez.

"¡No!" una punzada de dolor le atraveso al ver a su compañero ardiendo.

"Esto es lo que le pasará al resto, entréguese, y ellos se irán"

James se giró al hombre que le había sacado del hotel y que en cierto modo había provocado la situación. Nebojsha jamás se habría atrevido a matar a un enviado de la OTAN.

"¡Eh! Usted. Lleveme hasta allí. Antes de que comiencen a matar a los rehenes. No debimos de dejar a Slavisha."

Holmes se giró hacia Tak, levantó dos dedos y señaló hacia el pueblo. El pequeño soldado apretó dos veces el gatillo, una bala acabó con el sufrimiento de Slavisha, y otra con el odio de Nebojsha. El tiempo se paró un instante, después empezó la venganza, disparando hacia los rehenes que quedaban con vida. James no podía articular palabra alguna.

"Lobo, aquí Ángel, registramos combates en el poblado, desea cambiar el objetivo. Halcón, a tres minutos"

Furia vio la masacre, y sumó los peligros y las vidas, así como todo el riesgo de la carga del convoy que ya había partido.

"Negativo Ángel, que Halcón siga al objetivo, se encuentra a unos diez Km, eliminen protección y recuperen carga. Recuerden el tipo de mercancía que buscamos"

"¡Conozco lo suficiente para entender eso! ¡Tienen refuerzos aéreos! ¡Maldita sea, utilicelos para ayudar a esa gente! ¡Los están masacrando! ¡Sólo son mujeres y niños!" James hizo un torpe intento de levantarse para encararse al hombre.

Holmes, lo apretó contra el suelo, no había emoción en su rostro. "No *conejito blanco* ellos no son hoy mi trabajo, tengo que decidir, y ellos pierden, los Delta tienen otra misión". Miró hacia el pueblo, quería contarle que era más importante apoderarse del cargamento que transportaba el convoy, que si intervenían en el pueblo podían poner en peligro a sus contactos que les facilitaron la localización, que recibiría felicitaciones estúpidas que no le aportarían nada por anteponer la vida de muchos a la de un pequeño grupo. Pero sobre todo quería arrancarle la cabeza por estar allí, y se quería arrancar la suya por salvarlo.

"Por desgracia cada cual cumple su cometido, y yo me he desviado del mío salvándole el culo"

"Maldito hijo de puta." James lanzó un puñetazo, aunque ni siquiera se le podría haber llamado así, lo débil que estaba por los golpes que había recibido y toda la situación hizó que el golpe que recibió Furia no fuera más que una caricia y le doliera más a James los músculos por el esfuerzo realizado.

Furia recogió a Lebeau, y mientras salían con él hacia el punto de extracción, sólo pudo añadir "Nunca mires atrás, y si te sirve de algo para seguir caminando ódiame por no dejarte aquí"

James miró a la distancia el pueblo, los gritos de la gente se le clavaron en la cabeza, como agujas de acero al rojo vivo, el humo de la hoguera donde Slavisha se terminaba de consumir subía hacia los cielos. Deseo con todas sus ansias ser él en que estuviera en su situación y no tener que vivier con el terrible recuerdo. Fue entonces cuando decicidió abandonar la OTAN, necesitaba un cambio de destino.


"Puntos de ceguera"
James Lebau Catherine Ford
Doctor James Lebau, Diplómatico, Hugo
Capitán Catherine Ford, Antropóloga, Blanca


James salió tras la capitán de la Sala de Control del Stargate. Le había presentado a parte del personal con los cuales había intercambiado algunas palabras. James sabía, lo notaba y lo veía por el rabillo del ojo, que cuando se giraba lo miraban, algunos debían saber el motivo por que estaba allí o por lo menos intuirlo. No debía ser muy normal que a un recien llegado desde Cheyenne le estuviera haciendo un recorrido turístico un capitán.

Mientras se dirigían a recoger el material que llevaría James, este se giró a Ford.

"Las instalaciones son increibles. Todo un espectáculo y nada que envidiar a las del primer comando."

Catherine asintió. "El Segundo Comando no fue creado para ser 'segundo', Doctor, sino para ser una base de operaciones tan sólida y eficiente como la primera. Del mismo modo que el sitio Alfa y la Unidad de Instrucción, aunque los últimos estén aún en construcción." Dudó un instante sobre si agregar algo más, pero le pareció suficiente respuesta al comentario. El hombre, hasta el momento, le había resultado agradable. Su conversación era tan exigente como interesante y amena, como para que olvidara mirar el reloj cada pocos minutos contando el tiempo que restaba para finalizar su labor, como había temido al recibir sus instrucciones. Sin embargo, sabía que su respuesta, aunque concisa, podía ser interpretada de, al menos, una forma más. Las siguientes palabras de Lebau confirmaron su sospecha.

"Capitán. ¿Cuantos saben el motivo de que el doctor Holmes y yo estemos aquí?" preguntó James.

Ford se volvió a mirarlo antes de responder. "Ayer se emitió un memorando oficial, Doctor. Sabemos que se encuentran aquí para evaluar el funcionamiento del Proyecto Stargate con el fin de colaborar para su mejor desenvolvimiento," recitó como si fuera de memoria. Aprovechó que se encontraban a mitad del corredor y aún les quedaba girar a la derecha para llegar a los almacenes para agregar unas palabras más. "Oficialmente, eso es todo lo que sabemos."

"Ajá." Fue la breve respuesta de James. Durante unos segundos permaneció en silencio, un silencio que se hizo denso, es lo que deseaba. Había tratado con militares en muchas otras ocasiones. Al contrario de la creencia generalizada, no eran robotitos programados, eran humanos, como todos y se movían como estos por sentimientos. La capitán era agradable, buenas maneras y buen trato. Pero demasiado mecanizado todo, forzado. La respuesta que le había dado lo confirmaba. James intentó jugar un poco.

"Ya me lo imaginaba por la manera de mirar que tenían algunos de los soldados. Es normal que la gente se sienta presionada. Pero deben de entender que no estoy aquí para cerrar la base. Por desgracia eso no está en mis manos." De nuevo unos segundos de espera. "Ha hablado de la información *oficial* ¿Y cual es la extraoficial? Seguro que se comentan cosas por los pasillos, entre compañeros. Siempre ocurre. Me gustaría saber los rumores, lo que se dice. Y ya de paso, sino le importa, su opinión personal."

Por desgracia eso no está en mis manos.

Esas palabras se repetían en la cabeza de Catherine. Se detuvo, aún a varios metros del cruce de corredores. Podía guardarse su versión extraoficial, pero tampoco tenía, exactamente, que hacerlo. Se le había pedido su colaboración para con los asesores, así que ¿por qué no dársela? Todo lo que tenía que hacer era obviar lo que no quería revelar, pero podía decirle el resto.

"Con la salida de mañana, he tenido bastante poco tiempo para hablar con nadie... como no sea oficialmente." Se encogió de hombros. "Pero no necesito hablar con nadie para decirle lo que todos ya sabemos: el Doctor Holmes es sinónimo de problemas," suspiró. "Muchos problemas."

Especialmente para mí, pensó mientras se cruzaba de brazos como si sintiera algo de frío que, quizás, realmente sentía en su interior. "Elaborando supuestos, tampoco obviaría el antecedente que presentan todas las evaluaciones realizadas al Proyecto, y la amenaza que han significado para él en cada oportunidad." Sus ojos grises se encontraron con los negros del diplomático. "Con todo respeto," frase inequívoca, si las había, para anunciar que lo que se dijera a continuación difícilmente incluiría ese elemento: el respeto, "no encontrará mucha gente por aquí que se chupe el dedo, Doctor."

James sonrió ampliamente, muy ampliamente. "No sabe lo que me gusta oir eso capitán. Es justo lo que espero encontrar gente que este más que cualificada." se giró a Catherine con una cálida mirada "No soy el demonio capitán, eso es cosa de otros. Y lo que deseo es hallar una buena excusa para que esto siga adelante, quizá con cambios, pero los mínimos y necesarios. No considero que sea necesario cerrar la base. Sólo le pido que me demuestre que no estoy equivocado."

Así que ésa era su forma de 'ayudar'. Como si el peso del mundo cayera sobre sus espaldas, Catherine mantuvo sus hombros erguidos mientras llegaban al cruce y tomaban hacia la izquierda. "Haremos lo que siempre hacemos, Doctor..." sus conclusiones no están en nuestras manos, agregó para sus adentros.

Al fin llegaron hasta el almacen, allí James recogería sus cosas y se dirigiría a realizar el pequeño curso de armas.

"Creo que esta es mi parada. Catherine" prefirió tutearla para dar la sensación de hablar entre amigos, de confianza. "nos podemos ayudar mutuamente. Ahora me imagino que tendrá que preparar la excursión y no quiero hacerle perder más el tiempo."

La Capitán asintió con la cabeza, sin que se le escapara el cambio de trato. No le molestaba el uso de su nombre de pila, sin embargo aún se sentía lejos de llamarlo 'Jim'. "Si me necesita, mi oficina es la número tres. Justo al lado del ingreso secundario a la Sala de Control, en este nivel."

Casi en el momento en que se estaban girando para tomar cada uno su camino, James dejó escapar un pensamiento en voz alta, sabiendo claramente que la capitán lo escucharía.

"Y aún he de hablar con el demonio."

Catherine se detuvo sobre sus pasos al escucharlo, y se volvió hacia él, apenas. No podía sino sentir simpatía hacia ese comentario, y le sonrió su deseo de buena suerte antes de retomar su camino. El demonio... ojalá fuera tan sencillo. Lebau, un hombre de mundo, aún podía sufrir de inocencia. Quizá aceptaría su tácita invitación para llamarlo James cuando volvieran a encontrarse. Y si se daba la oportunidad en el futuro, podrían discutir cuántas clases le faltaban al Dr. Holmes para merecer tal título.


"Trazando un nuevo mundo"
Catherine Ford Paul Mallory
Capitán Catherine Ford, Antropóloga (Blanca)
Dr. Paul Mallory Rush, profesor de Historia (Pablo)


Intentando no pensar en el hecho de no haber tenido tiempo ni siquiera para poder ducharse y cambiarse de ropa, Paul seguía concentrado en la documentación que tenía ante sí. Medio sentado en uno de los bordes de la mesa y con el informe en las manos había ido desplegando progresivamente las fotos de forma que pudiera acompañar la lectura detenida con una visión de cada imagen a modo de libro ilustrado.

Su vista había hecho especial hincapié en la fotografía en la que nítidamente aparecía una pirámide de notables dimensiones. Aquella imagen no le era ajena, lo llamativo era que hubiera sido hallada en otro planeta. El informe era bastante inconcluso e indeterminado en muchos aspectos, tal parecía que tuviera un caracter preliminar o que hubiera sido redactado con prisas.

El ruido de la cafetera le indicó a Paul que había llegado el momento de hacer un poco más soportable su tarea recargando las baterías con un poco de café. Mientras sus dedos índice y pulgar frotaban sus ojos para buscar claridad de ideas posó el informe en la mesa y se incorporó rumbo a la humeante cafetera.

En su búsqueda por las alacenas encontró una taza blanca con el emblema de las fuerzas aéreas que llenó casi hasta el borde y se llevó a la boca casi de inmediato. Con el primer sorbo Paul cerró los ojos y *se lamentó* mentalmente de descubrir que lo más apropiado habría sido esperar unos minutos pues aquello estaba ardiendo.

Justo en aquel momento el sonido de unos nudillos al otro lado de la puerta interrumpieron la accidentada ceremonia. Paul posó la taza y con el gesto aún compungido por la quemadura emitió un - adelante - que sonaba más a una petición de socorro que a una simple indicación. Un rostro femenino apareció al otro lado de la puerta.

-Ese café huele bien- saludó Catherine mientras entraba a la oficina. -Habría llegado antes a probarlo... digo, a darte la bienvenida, pero me parece que aún está muy caliente,- rió. No había visto a Mallory desde su "graduación" de la Unidad de Instrucción, sin embargo se lo veía prácticamente igual. Aunque se había reincorporado a la actividad apenas esa mañana, se veía que no le había tomado mucho adueñarse de aquella oficina.

Podía ver las fotografías que coloreaban el lugar, incluyendo las de P5S-365. Las señaló con el índice, mientras se acercaba. -De eso venía a conversar. ¿Te avisaron que salimos mañana?-

Al oir la pregunta Paul cerró los ojos sonriendo. Ni siquiera las películas de Buster Keaton que tanto le gustaban iban tan deprisa. Tratando de contrarrestar el duro saque de Catherine, Paul intentó imprimir juego desde el fondo de la pista con la única intención de no terminar con severas dolencias cardíacas. Aquella locomotora terminaría por pasarle por encima.

Primero miró a la capitán buscando reencontrar la familiaridad en su rostro. Y luego su gesto se transformó como si intentara hacer memoria. - Veamos...hace doce horas, dos colegas tuyos me abordan en el aeropuerto de Los Ángeles pidiéndome que les acompañe porque mi presencia es requerida aquí. Me meten en un avión y antes de poder pegar ojo me encuentro entrando por la puerta con lo que ves por aquí desparramado y esa bolsa negra que está a tu espalda por todo patrimonio. Me lanzan una carpeta a la cara y me dicen que a la mayor brevedad posible le eche un vistazo. Me abren esta puerta...y...decididamente no. Creo que no me dijeron nada...Catherine...no te ofendas... - apuntó Paul con semblante de petición de auxilio - ...pero...¿podrías darme un contexto sobre el que empezar a entender esto? - le preguntó mientras señalaba las fotos sobre la mesa.

La Capitán se encontró ampliando su sonrisa, y asintiendo, casi, en derrota. -Bueno, desde abajo...- Se acercó a una de las sillas libres, y la acercó al escritorio. Sin embargo, no se sentó. Apoyó sus manos sobre la mesa y eligió las fotos que a ella le daban algún dato. Del resto, seguramente, se encargaría él. Y Ana, quizá Dara, posiblemente Madeleine...

-Aquí, pirámide,- rió. -La MALP tomó la foto desde el Stargate, me parece raro que no esté sobre la pirámide... Obvia semblanza precolombina mesoamericana, pero las proporciones no concuerdan... ¿verdad?- Buscó la aprobación de Paul. -Es demasiado masiva, y no lo suficientemente alta, estas escaleras no parecen querer obligar al ascenso serpenteante de los adoradores de Quetzalcoatl... Seguramente vamos a odiarlas a medio camino, pero estoy segura que entra el pie completo en la huella, no creo que haga falta subir "de costado".-

Paul se decidió a dejar que Catherine continuara en su discurso cruzando los brazos y apoyando el cuerpo contra la pared y trató de no parecer demasiado intrigado. Catherine no parecía contarle nada nuevo...no desde luego lo que él esperaba saber tras formular su pregunta.

Catherine tomó otra foto, la que había tomado la UAV sobre la inmensa pirámide, del palacio rehundido en su interior. -Aquí, palacio... todo alrededor, desierto. No parece haber llovido en años, pero para estar seguros habrá que tomar muestras de suelo.- Señaló la última foto, la de la imagen que más le había llamado la atención. -Y aquí, finalmente, lo que más me extraña.- El grabado en el talud de la pirámide, en el contexto de otras escenas de animales, vegetales, y algunas figuras (¿quizá danzantes?), parecía tan parte de ellos como fuera de lugar. -Madeleine me confirmó ayer que se trata de variedad terrestre de una hoja de coca...- Frunció apenas los labios, antes de desviar sus ojos hacia los de Paul. -No soy experta en estos temas, pero por culpa de ese detalle no me dan las cuentas.-

Paul se quedó quieto por un momento. Una palabra le había dejado profundamente intrigado. - ¿Madeleine?....¿Monteloup?. ¿Madeleine Monteloup está aquí? - Preguntó Paul mirando con cara de sorpresa a Catherine.

-Pero claro...- Ford parpadeó, casi cegada por el brillo de los ojos de Paul. Eran verdes... como, en algunos lugares, el agua del mar, centellendo bajo la luz del sol. No tormentosos, como los de Jonathan. Bajó la vista, con el pretexto de volver a dejar las fotografías sobre el escritorio. -Fue asignada a principios de marzo,- esperaba no estar balbuceando, aunque sabía que hablaba simplemente para no permitir que se produjera un silencio. -Viene con nosotros, también.-

Paul miró entonces a la puerta por un momento pensativo. Vaya, así que la buena de Madeleine sigue por aquí.... A su mente acudieron fugazmente los acontecimientos que hicieron que Paul dejase de ver en Madeleine a una más del grupo para empezar a verla como lo mejor que había encontrado en sus escasas horas en la UIC.

Paul trató de no reflejar excesivo interés en Madeleine ante Catherine. Y si trató de concentrarse en la cuestión por la que ella había acudido hasta su pequeña oficina. - Volviendo al tema que nos ocupa... - Su tono por un momento pasó de la intriga de los instantes inmediatamente anteriores a un rictus de seriedad - ...viendo estas imágenes y leyendo el informe se podrían decir bastantes cosas la verdad... pero la mayoría serían especulaciones. Aunque si creo que una cosa se puede asegurar tajantemente. En ese palacio residió alguien importante. Mucho... En mi humilde opinión... creo que saber de quién se trataba nos abrirá muchas puertas. La decoración exterior es muy sobria, no ayuda...pero creo que el interior estará más dispuesto a colaborar. Y esos relieves tal vez sean más importantes de lo que pensamos. - Su voz reflejaba que Paul se estaba concentrando cada vez más por momentos en el tema en cuestión.

Su mirada estaba puesta en la foto del palacio. - Creo que no hace falta mucho para afirmar tal cosa. Ahora bien. Hay cosas en estas imágenes que no encajan demasiado. La primera de ellas es ese palacio semi-incrustado en la parte superior de la pirámide. No se corresponde con la arquitectura que refleja el exterior. No es un elemento *novedoso*. Sencillamente está fuera de lugar. Podría tener sus explicaciones pero eso sería comenzar a hacer cábalas. Y otra cosa.... ...no es en absoluto normal que sólo haya una construcción de tipo piramidal. Las sociedades de la América pre-hispánica tienen una fuerte conciencia social. Muy desarrollada. No es normal que lleguen a un sitio construyan un edificio y desaparezcan. No es su estilo. Si por algo se caracterizan sus centros urbanos es por ser complejos de edificios que acogen sedes para distintos tipos de dependencias, religiosas, científicas, administrativas...etc... - Paul tenía la sensación mirando a Catherine de que no le estaba contando nada nuevo... no obstante... si tenía bien claro que con el material presente no se podían pedir milagros. - Ahí debería haber más edificios...pero no seré yo quien rasque toda esa arena para averiguarlo.... no al menos sin el equipo adecuado - sonreía con simpatía. - ¿Has pensado que es posible que lo que se ve en la imagen sea sólo una parte? - Paul se quedó mirando fijamente.

Ella había asentido a intervalos durante su discurso. También había podido sentir la temperatura elevándose sobre sus mejillas, claro síntoma de que se había ruborizado, quizás hasta la raíz del cabello, al recordar finalmente con quién estaba hablando. -No, no se me había ocurrido,- concedió, mientras tomaba las fotografías de la pirámide y volvía a examinarlas. La idea abría un completo abanico de posibilidades, y pocas de ellas (si alguna) la hacían feliz.

-Pero si es así, estamos hablando de...- emitió un silbido. -Esto debe haber sido terriblemente grande.- Se frotó la frente, mientras observaba la prolijidad del suelo. Parecía rastrillado. ¿Cuántos años habían tomado para que el desierto ganara sobre un centro ceremonial y una ciudad, si los hubiera bajo él? ¿Cuán alta sería esa ya inmensa pirámide, para continuar imponiéndose sobre el paisaje?

Volvió a mirar a Paul. -Y también,- como si él hubiera compartido su recorrido mental por los distintos interrogantes,- ¿cómo hizo el Stargate para quedar a nivel del suelo?-

- 'touché'. - dijo Paul mirando a los ojos de Catherine sabiéndose en claro fuera de juego. - Ahí me has pillado... No obstante.... y ya que aún no estamos allá arriba, aprovecharé la duda razonable. Los stargates pueden ser trasladados...¿no?. A lo mejor ese planeta no está tan abandonado como parece - Paul había enarcado una ceja y miraba sonriendo a Catherine esperando que por un momento tuviera piedad con él.

La capitán se permitió temblar, fingidamente, ante la posibilidad. -O que, de casualidad, se encuentre en la punta de otra pirámide que aún no fue cubierta...- Se encogió de hombros, para devolverle la mirada con un dejo de picardía. Se le ocurrió que podían estar así por el resto del día, y no parecía una idea desagradable. -Podemos dejar el concurso de ideas para cuando estemos allí,- rió.

- Creo que será lo mejor... - le dijo Paul. - Me parece que los dos sentimos demasiadas ganas por estar ya allí viendo a ver qué nos encontramos...sea lo que sea....el descubrimiento merece la pena de por si. -

-De todos modos, si no encontramos nada increíblemente interesante en el palacio...- Catherine sacudió la cabeza, -difícilmente consigamos los recursos para realizar una excavación.- Podía recordar las palabras de Lebau, que escuchara hacía apenas minutos: "Sólo le pido que me demuestre que no estoy equivocado." En el fondo, era un político, se considerara uno o no. Lo que les importaba, tuvieran la ideología que tuvieran, era conseguir ventajas en la carrera que sólo ellos corrían, por altruistas que fueran. Esa pequeña salida, cuyo modesto objetivo original había sido el de reiniciar las actividades desde el complejo de Guam, cargaba con la responsabilidad de demostrar que... La capitán cerró los ojos, mientras se mordía suavemente el labio. -Con lo bien que nos vendría algo *bueno*, bonito, barato...- sus palabras, apenas un tono más elevado que el de un murmullo.

El último comentario de Catherine fue captado por Paul que tenía la mirada fija en Catherine y fue recibido con simpatía. - ¿Apuestas algo a que nos traemos un *souvenir*?. ¿Te parece bien un café que no esté tan caliente como ése? - le preguntó apuntando a la cafetera.

-Cualquier clase de café suena bien,- sonrió ella. -¡Creí que nunca preguntarías! Y sobre lo primero...- no apuesto -¡ojalá!- finalizó. -Llevo papel y grafito... si vieras la de regalos que enmarqué este año,- terminó riendo mientras, finalmente, tomaba asiento sobre la silla, y volvía su atención al trabajo.

- En cuanto a esos relieves y la hoja de coca que me comentaste - añadió Paul sentándose frente a Catherine - Bueno, como te he dicho creo que son importantes. A priori no parecen dar demasiado juego pero sobre el terreno tendremos base para empezar a darles sentido. Tanto si reflejan simples escenas cotidianas como si son hechos relevantes tendrán su importancia. Ayudarán a conocer al VIP que moraba por aquellos pagos. - Paul se calló por un instante observando la foto que contenía los relieves. - Pero ahora que me doy cuenta... se ve rara una hoja de coca en el desierto... - le dijo sintiéndose por un momento confuso ante tantas piezas sin encajar.

La Capitán asintió. -Conversamos algo del tema con Madeleine... hay variedad de posibilidades. O hubo un cambio climático, o fueron destruídos, quizá esclavizados y llevados a otro lugar... ¿Qué más se te ocurre?- preguntó, invitándolo a proponer nuevas ideas. -Mientras más ideas llevemos, creo que nos ayudará a sacar conclusiones... en el caso que encontremos algo que nos sirva a ese respecto, claro...-

- Francamente no sé muy bien qué pensar...las posibilidades, muchas o pocas, son admisibles por igual... aunque no sé por qué noto en tus palabras y tu tono que aquí está en juego algo más que una pirámide y sus constructores.... ¿Te parece si volvemos a la pregunta inicial y me lo presentas de otro modo? - le dijo Paul entornando su vista y mirando con mucha atención los expresivos ojos de la capitán que poseían una iluminación muy particular en aquellos momentos.

Catherine frunció la nariz, apenas. Se estaba pisando... repetidamente, y aunque podía explicarlo por haber pasado tanto tiempo con Lebau antes de llegar a la oficina de Paul, esperaba poder controlarse en lo que quedaba del día. -¿No leíste nada, verdad?- preguntó, apuntando a la pantalla del ordenador.

Paul se quedó mirándola con el gesto circunspecto. - Aparte de este informe que me habéis suministrado....no -

-Bueno, entonces dejalo para más luego... lo cierto es que nos están evaluando. ¿Te acordás del Doctor Holmes?- Qué podía hacer... odiaba hablar de él en ese tono despreocupado, pero tampoco iba a llamarlo "Jonathan" con tanta libertad, sin temor a pisarse y mucho peor de lo que venía haciendo ya.

Paul hizo memoria por un instante. Recordaba a un personaje de la UIC que llevaba el mismo apellido. En ese momento su estómago se revolvió ligeramente. El recuerdo no era del todo bueno. - Si....ese apellido me es familiar....me temo -

"Lo imaginaba," pensó Catherine antes de continuar. -Bueno, él y un Doctor Lebau, un hombre reconocido en el campo de la diplomacia... sé que he oído hablar de él antes de conocerlo esta mañana. Están encargados de un informe, cosas así. vienen con nosotros, y cuánto preferiría que no... ¿Me explico?- finalizó, mirándolo, esta vez su turno de pedir auxilio.

Paul buscó apoyo en el respaldo de la silla. De repente se sintió un poco descorazonado. - ¿Me estás diciendo que tus jefes nos están haciendo una auditoría y que estamos en manos de esta pirámide?... - Paul no necesitó respuesta. Había captado el mensaje de Catherine. Se quedó pensativo por un instante... No quiso entregarse a la negatividad. En realidad a él siempre le habían gustado las causas perdidas. "Si mi familia me considera una" pensó.

- Entiendo entonces que lo debemos encontrar pasa de la categoría de souvenir a la de megaestrella del pop... - volvió a callarse por unos segundos. - ...vale, vale... me parece bien. Sinceramente Catherine...me encantaría poder decirte desde ya que vamos a encontrar Eldorado...pero... creo que lo más que puedo decirte es que tendremos que poner mil ojos...atender a cada dato...y....encomendarnos a la suerte. Sé que no sirve de nada...pero hay indicios que apuntan a que a lo mejor salimos mejor parados de lo que pensamos. Si es un palacio, tendrá que haber algún objeto y quiero seguir pensando que si hay un stargate ahí no es por puro turismo... - Paul sintió de repente cierto abatimiento.

Tomó impulso sobre el respaldo para acercarse de nuevo a Catherine... -¿tan pequeño es el margen que tenemos?-. No podía alegrar el día de Catherine, ni ahora el suyo pero si al menos podía dejar que se desahogara...al fin y al cabo aquel era el mismo barco para todos.

La Capitán se se frotó las sienes con las manos por un instante, mientras tomaba aire en un gran suspiro. -¿La verdad, Paul? ...- Hizo una mueca, -No tengo idea.-

Era la verdad. A pesar de lo que le había confiado Jonathan, la llegada de Lebau le había dado una perspectiva diferente. Allí había alguien que no estaba dispuesto a seguir las "órdenes" de quienquiera las hubiera dado. Tampoco quería quitarle el voto de confianza a Jon... podía sentir el conflicto interno dentro de él en cada uno de sus encuentros desde que llegara a la isla, y no dejaba de confiar en que, finalmente, no se dejaría manipular. Pero tampoco podía contar solamente con ello...

-De todos modos, nuestras órdenes son hacer lo nuestro.- Tomó aire nuevamente, para sonreir de verdad, sin esfuerzo. -Y sabemos hacerlo, ¿no?-

Mallory acompañó su sonrisa decidido. - No se imaginan hasta qué punto sabemos... - Definitivamente no quería dejarse conducir por el desánimo. Acababa de llegar... y no tenía la más mínima intención de volver a salir por la puerta de atrás como meses antes lo había hecho. Miró a Catherine a los ojos sin mover un sólo músculo - La única forma en la que pienso salir de aquí es por ese dichoso aro.... -

"Bendita sea Florida." Era el segundo reencuentro que tenía en menos de dos días, y el que no traía ninguna pega. -Somos varios...- La sonrisa de Ford se amplió, mientras agradecía a los dioses por el regreso de Mallory. Decidió que ya era suficiente. Tenían mucho que hacer y, si bien ella había sucumbido a la debilidad de... mostrar debilidad, era hora de levantar la cabeza y seguir adelante.

Tomó las fotos en sus manos, nuevamente, y eligió la que más le gustaba de la pirámide, que colocó sobre el escritorio frente a él. -Te propongo un partido de hipótesis... a cambio del café que me prometiste.-


"Encuentro"
Paul Mallory Ana Reyes
Dr. Paul Mallory Rush, profesor de Historia. (Pablo)
Dra. Ana Reyes, Egiptóloga (Ana)


Ana estaba cansada depues de dos horas metida en su despacho haciendo trabajo de investigación, los libros se encontraban abiertos por todas partes, debería ponerse a reordenarlos y colocarlos en su respectiva estantería. Pero se encontraba cansada, eso ya lo haría despues, pensó, mientras salía por la puerta decidida a ir a algun lado de la base donde pudiera descansar la mente, quizás a la cafetería, o salir al exterior no le vendría mal tampoco.

El marine del pasillo apenas la miró cuando ella pasó rapidamente, pensó dirigirse hacia el despacho de la capitan Ford, se quedo un momento parada en el pasillo sopesando si Catherine podría informarle de algo más de lo que ya sabía cuando vió salir del despacho a un hombre de complexión media, bastante atractivo, que rondaría los 30 años.

Paul había salido del despacho en el que parecían haberle confinado como si de un loco o un preso se tratara. Le rondaba la cabeza lo que había visto y leído en aquel informe y la conversación con Ford. Todo estaba sucediendo demasiado deprisa pensaba mientras miraba el desnudo techo del pasillo tan sólo recorrido por algunas tuberías que a saber dónde irían a parar.

Tras dar cuatro pasos para intentar estirar las piernas, se apoyó en la pared. Mientras, su mano derecha yacía apostada en su nuca y sus ojos permanecían cerrados. Tuvo la sensación por un instante de no estar sólo en aquel pasillo...Abrió los ojos y creyó intuir sin mover la cabeza que alguien más se encontraba allí...

Ana observaba al hombre pensando entre pasar de largo o presentarse, era nuevo en la base, no lo había visto nunca, y por el aspecto era civil.

- Hola, disculpe, ¿recien llegado? - Le preguntó educadamente con una sonrisa de simpatía.

Ante la presencia de la joven Paul se incorporó. La pregunta le sonó divertida después de lo pasado en las últimas horas. - Si...así es -.

- Soy la Doctora Ana Reyes, egiptóloga.- Ana le tendió la mano.

Paul se sintió entonces un poco más tranquilo al ver que no era el único al que los militares habían conseguido engañar para entrar en aquella ratonera. Atendiendo su mano que notó delicada le respondió.

- Hola. Soy Mallory. Paul Mallory. Profesor de Historia a secas...encantado señorita Reyes -.

A Ana le confundió el término señorita, hacía años que nadie la llamaba así, noto que se le subia un poco el calor a la cara cuando le comentó - Mejor Doctora.... - y le lanzó una pícara sonrisa - ...o viene con alguna segunda intención?

Paul se rascó la frente intentando que no se notara la cara de trágame tierra que llevaba. - Perdone...doctora...ha sido un lapsus...llevo demasiado tiempo sin dormir...todos los tratamientos me parecen ya iguales...y ese es el menor de los efectos secundarios créame -.

- Hacía mucho tiempo que no oía un señorita seguido de mi nombre, resulta agradable -.

- Ya dicen que no hay mal que por bien no venga. - contestó Paul.

Ana le observó un momento, pensando de qué le sonaba ese nombre, siempre le daba mucha rabia cuando algo le sonaba y no sabía exactamente de qué, más tarde o más pronto se acordaría.

Paul quedó mirando fijamente a la doctora con el gesto un poco confidente como si buscara sonsacarle información.

- Verá doctora. No quiero resultar grosero con usted... - Sonrió tratando de mostrar su cara amable a pesar de que el cansancio y las prisas estaban haciendo mella en él...pero sabía que aquel día aún tenía horas por delante. - Ahora mismo todo mi patrimonio se reduce a lo que hay dentro de esa oficina...-. dijo apuntando hacia la puerta que acababa de cruzar hacía unos instantes.... - ¿Sabe usted si hay en esta base algún lugar donde uno pueda dormir?. Porque con franqueza...ahora mismo no tengo donde caerme muerto...- Su voz intentaba no parecer excesivamente preocupada por lo que le estaba pasando pero la verdad....había llegado allí casi traido en volandas y ni siquiera le habían dado tiempo de decir esta boca es mía.

Ana consideró atentamente sus palabras, ¿no le habían adjudicado habitación? ¿llevaba trabajando en su despacho desde que había llegado a la base? ¿Cuanto tiempo llevaría allí? Suspiró, las respuestas por el momento seguirían constituyendo un misterio.

- Acompáñeme, le indicaré donde se encuentran las habitaciones, le preguntaremos al marine de guardia si alguna esta destinada a usted.

Por primera vez desde que había llegado a aquella base Paul sintió que alguien hablaba un lenguaje parecido al suyo y que por fin le entendían. Siguió los pasos tras la doctora Reyes hasta ponerse a su lado. Y entonces intentando compensarla por su ayuda se decidió a entablar una conversación más fluida aún a riesgo de perder las pocas neuronas que le quedaban, ....-digame, doctora, ¿lleva mucho tiempo aquí? -.

- No mucho -Respondió Ana - el tiempo pasa muy rápido, hay mucho trabajo de investigación, ya lo verá.

La inquietud se instaló por un momento en el rostro de Paul pensando que para eso de investigación se habría quedado en Houston. Así que siguió interrogando a la doctora pero esta vez con más curiosidad. -Y....de trabajo de campo ¿cómo andamos? -.

Ana se quedó muda de pronto, sopesando lo que iba a responderle. Por fín respondió. -Hay varias opciones al respecto, doctor, debe esperar a que le asignen un puesto. ¿Ya le han notificado algo? . - Se quedó esperando la respuesta con interés, a ver si se enteraba de algo respecto al *misterioso* doctor Mallory.

Paul....se quedo mirando sintiéndose un poco sorprendido por la pregunta....- bueno, he hablado con la Capitán Ford y.... creo que quiere que acompañe a su grupo -.

- ¿De verdad? - Ana se acababa de llevar una buena sorpresa - Yo tambien iré con la Capitán Ford, entonces somos... compañeros -.

Paul entonces enarcó las cejas, tranquilo por no haber hablado más de la cuenta, aunque no es que hubiera demasiados civiles por aquella zona como bien podía comprobar mientras caminaba con la doctora. - Vaya...Bien, creo entonces que mi obligación es pedirle que me llame Paul...al fin y al cabo estamos en el mismo barco... -.

- Sí , eso parece....le llamaré Paul si me llama Ana -.

A Paul le gustó mucho el nombre. Sencillo y breve...no le gustaban las complicaciones excesivas en los protocolos de trato y urbanidad....- Estupendo Ana... - le dijo sonriendo. - Y ya que andamos tras de lo mismo....¿qué piensa de la excursión de mañana? -.

- ¿Ha leido las conclusiones y ha visto las imagenes? Habrá trabajo de campo que hacer, pero no parece haber nada más en las cercanias. Si no hay sorpresas realizaremos el estudio y nos volveremos -.

- Entiendo - dijo Paul. Más o menos el esperaba lo mismo después de charlar tranquilamente con Ford acerca de lo que aguardaba. - Francamente mi primera *salida* en mi brevísimo paso por la UIC fue tan lamentable que no me gustaría volver a repetir una experiencia similar en esta primera salida por más que desee estar ya delante de esa rampa a punto de atravesar la puerta -.

Ana no sabía muy bien si preguntar sobre esa salida de la UIC, de la cual no tenía conocimiento, pero en ese momento llegaron al pasillo de las habitaciones personales. Se dirigió al marine de guardia indicándole el nombre del Dr. Mallory, este se dirigió al sargento, que vino con unos papeles, al parecer le esperaban.

- Señor, acompáñeme a por el equipo y le enseñaré su habitación - Le indicó el sargento al doctor.

Paul atendió la invitación del sargento con un gesto afirmativo de su cabeza para justo después volverse hacia Ana y agradeciéndole con una sonrisa y un guiño cómplice su ayuda y su oportuna presencia minutos antes en aquel pasillo le dijo levantando su mano derecha - Nos vemos Ana...ya sabes donde está mi puerta para todo lo que necesites - Realmente le estaba muy agradecido por haber acudido en su socorro aunque ella no fuera consciente.

- Hasta la vista... Paul. - le dijo Ana esbozando una sonrisa, y se giró dirigiendose nuevamente a su despacho. Estaba más relajada, la conversación con el doctor le había hecho despejar la mente, se notaba descansada.

Entró y se sentó, tenía las fotografías distribuidas por la mesa, y algunos libros medio abiertos por capítulos que había estado consultando. Cogió uno de ellos y observó el título: Tras los pasos de Cortés. Autor: Dr. Paul Mallory Rush

-Uau - dijo en voz alta aunque no la oía nadie. - Esto se pone interesante -.


Fecha real: 29-12-2004
 

Stargate: Alianza es un juego de rol por e-mail, basado en la serie de televisión Stargate SG-1.
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