
Catherine Ford fue una niña increíblemente activa en su temprana infancia y, luego de numerosos incidentes al comienzo de su etapa escolar, fue descuidadamente diagnosticada por sus docentes con síndrome de déficit de atención. En esa época, apenas si se comenzaba a definir esta condición y, aunque su pediatra estuviera de acuerdo y recomendara la medicación, su madre decidió, unilateralmente, ignorarlo.
En cambio, comenzó a atiborrarla de actividades extracurriculares con el objetivo puro y simple de "cansarla". Luego de un simple proceso de prueba y error, Catherine demostró interés por una actividad en particular, a raíz de lo cual fue inscripta en el taller de ballet del colegio primario y, fuera del horario de clases, en una institución privada. A pesar de que, a pesar de todo, no era posible mantenerla sentada o siquiera prestando atención durante el horario de clases, sus calificaciones no se resintieron.
El hogar de Catherine siempre incluyó a una familia extendida que incluía a los siempre cambiantes estudiantes de intercambio de todas partes del mundo, que permanecían viviendo con ellos desde tres meses a medio año antes de mudarse a otro hogar. Este arreglo había sido acordado por sus padres; su madre adoraba tener su hogar lleno de amigos y su padre, dueño de un negocio artesanal floreciente y que tenía fuertes vínculos con varias organizaciones sin fines de lucro, una de las cuales promovía viajes de intercambio estudiantil.
Así, desde una edad temprana, Catherine desarrolló la habilidad de comunicarse con extraños que eran parte de su familia mientras permanecían con ellos, aunque no conociera su lengua o pudiera apenas entender una o dos palabras. A medida que ellos comenzaban a manejar el inglés, ella adoraba preguntarles sobre sus países y sus costumbres, muchas veces muy distintas a las suyas. También disfrutaba de los cuentos y leyendas de los diferentes países así que, a medida que fue creciendo, se inclinaba a comprar libros sobre esos temas, completando una interesante biblioteca de su propiedad.
Conversando o leyendo, actividades que no desarrollaba muchas horas por día, eran las únicas que la encontraban más o menos quieta. Sin embargo, y sin dejar de practicar danza, se "tranquilizó" bastante al comenzar la adolescencia.
Tal como había hecho su hermano mayor (Liam prefirió "quedarse en casa"), al cumplir dieciséis años presentó su solicitud para realizar un viaje de intercambio. Su destino seleccionado, la India, no estaba disponible y, en cambio, fue enviada a Perú. Aunque en principio se sintió decepcionada, capitalizó la experiencia viajando por todo el país y países vecinos mientras aprendía su lengua, interesada especialmente en sus áreas históricas y tradicionales y descubriendo que prefería más hablar con la gente de cada lugar que escuchar a los guías turísticos.
A su regreso a York, un año más tarde, y comenzando su último año en la Preparatoria William Penn, comenzó la tarea de enviar su solicitud a las universidades más prestigiosas del país. Poco tiempo después recibió la respuesta de la elección de su corazón; al contrario que con el viaje de intercambio, en esta oportunidad la Universidad de Stanford le comunicó que había sido aceptada. Sin embargo, en ese momento la familia recibió un severo golpe: Wyatt Ford, padre, había perdido su negocio. Sus viajes de negocios habían disfrazado frecuentes visitas a casinos de Atlanta y Nueva Orleáns.

Para Catherine, la situación significaba nada más y nada menos que la pérdida de toda oportunidad de recibir una educación superior, algo que había anhelado y esperado con ansias durante los últimos años. El momento no había podido ser peor; ya casi no quedaba tiempo para presentar ninguna solicitud de becas y, al perder crédito su padre, tampoco podía considerar financiarla. Se sentía traicionada y su relación con su padre comenzó su peor momento.
En ese momento, fue Junior quien mantuvo la presencia de ánimo suficiente para ayudarla a encontrar las pocas alternativas de becas que aún no habían cerrado el período de aplicación. En medio de la mudanza a una casa más pequeña y en una zona menos agradable de la ciudad, Catherine envió las tres aplicaciones posibles. Lamentablemente, ninguna de las tres le ofrecía la posibilidad de estudiar en Stanford.
En febrero de 1987 se decidió su destino. Tras un riguroso proceso de clasificación cuya área de aptitud física pasó sin inconvenientes gracias a tantos años de práctica constante, logró una beca completa para estudiar en la Universidad de Berkeley. Catherine intentó consolarse con la idea de que, al menos, podría elegir la misma carrera que pretendía estudiar en Stanford. Sin embargo, luego de firmar el contrato que la ataba a la Fuerza Aérea durante los siguientes ocho años de su vida y de recibir el uniforme, se sintió desconsolada. Los últimos meses en William Penn fueron penosos, así como el siguiente verano.
Sin embargo, acercándose a agosto logró retomar su relación con su padre, incapaz de verlo sufrir por su causa y ayudándolo a tomar la decisión de retomar su actividad de carpintería aunque, ahora, de forma artesanal. Mientras su madre no dejaba de acompañarlo a las reuniones de jugadores anónimos, tanto ella como su hermano menor, George, lo ayudaron a montar un pequeño taller en la cochera de la nueva casa. Catherine no logró verlo funcionar sino hasta la siguiente Navidad, cuando regresara a York para pasar unos días con su familia.
La vida universitaria, a pesar de todo, le sentó bien. Aunque la universidad no fuera su primera elección, el ambiente cosmopolita de Berkeley la hizo sentir a gusto inmediatamente. Las actividades de los días sábado, cuando debía vestir el uniforme de cadete del AFROTC, y encontrarse con sus compañeros del Destacamento 085 en el Gimnasio Hearst, no le resultaron tan pesadas ni desagradables. La actividad física, en la que siempre halló alivio, le resultaba familiar aunque los ejercicios no fueran particularmente convencionales. Tan sólo se sentía extraña en medio de conversaciones de las distintas especialidades de ingeniería de sus compañeros, ya que sólo tres de ellos cursaban carreras humanistas. Al momento de su graduación le resultó irónico que fuera ella la que continuaría en la Fuerza Aérea mientras que la gran mayoría de ellos continuarían con su vida civil.
El gran dilema que su carrera generaba en cuanto a un destino donde sirviera para algo recibió respuesta con una inesperada sorpresa, que reubicó a Catherine nuevamente en la costa este y cerca de su familia al ser llamada para incorporarse al Ala de Operaciones Especiales, la unidad de Guardia Nacional Aérea más desplegada en el país, en la pequeña base ubicada en predios del Aeropuerto Internacional de Harrisburg en Middletown, Pennsylvania. Se sintió afortunada de encontrarse en una unidad de elite, que se vanagloriaba de salvar vidas, no tomarlas.
Habiendo comenzado el programa coterminal durante el último año en Berkeley, Catherine finalizó su máster en Antropología Cultural y Social pocos meses después y consiguió financiamiento y estímulo de la Fuerza Aérea para continuar con el doctorado en la universidad de sus sueños: Stanford. Mientras tanto, su trabajo con el 193 la llevó a viajar por todo el país y casi todo el mundo, realizando ejercicios operaciones de apoyo no sólo a la Fuerza Aérea, sino también de la Marina y de la OTAN. Así, Catherine visitó distintos países de América Central, Europa y Asia Menor. Participó de la Operación "Mantener la Democracia" en Haiti, tras la cual recibió su ascenso a Teniente y cambió ligeramente la naturaleza de su trabajo, encontrando que, de a poco, se encontraba más a menudo en oficinas del Departamento de Defensa, en Washington, D.C., que en Middletown.
Su trabajo en Operaciones Psicológicas logró que, tras finalizar su tesis doctoral, se la reasignara permanentemente en D.C. como oficial de enlace del Ala 193 de Operaciones Especiales y el Departamento de Defensa. Este trabajo incluía muchos más viajes que el anterior, ya que no era desplegada junto con el 193 sino con misiones diplomáticas y con otros distintos cuerpos militares. Aunque su ajetreada vida profesional le dejaba poco tiempo para dedicar al ocio, siempre encontró el momento para compartir con quienes tenían mayor importancia en su vida: sus padres, hermanos, sobrinos y amigos, aunque no para hacer funcionar ninguna relación sentimental con algún viso de futuro.

A fines del año 2000, su "rutina" laboral tomó un giro inesperado. Convocada por el General Taurean L. Morrison, con quien se había encontrado tan sólo un par de veces en el Departamento de Defensa y apenas si intercambiado dos palabras en el pasado, su permiso de seguridad fue ampliado para incluír conocimientos, detalles y entrenamiento pertinente para participar del Proyecto Stargate. Su destino no fue el Segundo Comando Stargate, que sería emplazado en Guam e inaugurado en enero de 2001 bajo el mando de Morrison, sino su Unidad de Instrucción de Candidatos, ubicada en un planeta de designación desconocida al que se refería simplemente con la sigla UIC, donde permaneció durante los meses siguientes y hasta marzo de 2001, cuando se la reasignó al Segundo Comando Stargate.